Por: Yaymy Mamani Ccallaccasi – Periodista Indígena Ambiental del PPIA-Bolivia.
La afirmación de Fausto Reinaga “En la Colonia hay dos sociedades; dos Naciones, dos Estados: España y Tawantinsuyu”, no es sólo un diagnóstico histórico, sino una herida abierta que aún supura en la memoria y en la realidad de los pueblos originarios del Perú. Lejos de haberse cerrado con la República, esa herida se profundizó con nuevas formas de dominación, esta vez camufladas bajo un discurso de inclusión formal. Como bien señala Reinaga, el “cholaje blanco-mestizo” que reemplaza al español continúa la lógica de exclusión y opresión. Pero también, como él afirma con esperanza, el indio, nosotros, los hijos e hijas de la tierra “se yergue con rara e inesperada persistencia”. En ese acto de erguirse reconozco mi historia, la de mi comunidad y la lucha tenaz por seguir existiendo no solo como cultura, sino como Nación viva.
Mi identidad indianista no es una elección reciente ni una postura ideológica aislada. Es una respuesta consciente a siglos de negación, pero también una continuidad digna de luchas históricas. Saturnino Huillca, quien proclamó con fuerza “Runam kayku”, es una llama viva en ese sendero. Su historia, desde los campos explotados de Chhuru hasta la organización sindical campesina en el Cusco, fue un acto de resistencia india ante el olvido impuesto. Huillca no luchó solo por la tierra: luchó por la dignidad, por el reconocimiento del ser indígena como sujeto político, social y humano. Él me enseñó, aunque nunca lo conocí en persona, que la palabra “runa” dicha desde lo andino tiene una profundidad que va más allá de lo jurídico: es afirmación de existencia
También encontré claridad en las ideas de José Carlos Mariátegui, quien, sin ser indígena, comprendió la raíz estructural del problema: “la cuestión del indio, más que pedagógica, es económica, es social”. Su análisis materialista no contradice la visión indianista, sino que la refuerza desde otro ángulo: no hay forma de liberación sin desarticular las bases económicas del gamonalismo y la explotación. El problema no era nuestra cultura ni nuestro idioma, sino el sistema que convertía nuestras tierras en botín y nuestros cuerpos en fuerza de trabajo barata. En Mariátegui aprendí a no aceptar explicaciones condescendientes ni “educativas” que pretendían civilizarnos. No necesitamos que nos enseñen quiénes somos; necesitamos que nos devuelvan lo que nos quitaron.
Sin embargo, ninguna teoría, ni cita, ni libro, puede igualar la fuerza de lo vivido. Mi indianismo está anclado en la historia viva de mis padres: Clorinda Ccallaccasi Gómez y Eleuterio Mamani Ccorimanya. Clorinda una mujer fuerte como nuestras abuelas, capaz de seguir pese a la adversidad, líderesa que participó en los procesos de recuperación de tierras para nuestro pueblo. Su lucha no fue metafórica ni simbólica: fue concreta, con nombre y apellido, con peligro y esperanza, hasta la actualidad son fuerza viva desde sus quehaceres, ella en el ámbito político, (espacios que históricamente nos arrebataron) y él en el ámbito de la educación intercultural bilingüe, finalmente, reafirmando que los indios no somos inferiores ni carecemos de capacidad alguna, como históricamente se nos ha hecho creer para justificar nuestra exclusión. Ellos (mis padres) me enseñaron que ser indio no es solo resistir, es también reconstruir, soñar, crear. Como dice Reinaga, el “Poder Indio” ya no es sólo un deseo espontáneo, sino una “idea-fuerza”, una meta clara: la reconstrucción de nuestro Estado-Nación. Hoy, más que nunca, ese renacer del Tawantinsuyu no es nostalgia, es proyecto político y cultural. Y en esa lucha, no camino sola: camino con los que fueron, los que están y los que vendrán.

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